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Ocurre que, básicamente, entre otras cosas, el constante crepitar de un fuego de chimenea actúa muy poderosamente sobre nuestro inconsciente. Nos remonta imaginariamente a épocas pretéritas (incluso prehistóricas) cuando nuestros más lejanos antepasados debían reunirse junto al fuego de una gran fogata, no solo para cocinar o resguardarse de las gélidas temperaturas del invierno, sino también, para tener vida social; para encontrar un afectivo espacio de recreación entre ellos y sus seres queridos. El fuego invoca la idea de naturaleza; a la vera de sus llamas sabremos pensar en bosques y cielos estrellados, en pasturas, mares y montañas. Nada sabe quietarnos el frío de forma tan calida y bonita (la gran mayoría de la gente suele sentirlo así) como el constante crepitar de un fuego de chimenea. Es un calor fluctuante -nunca homogéneo- que hipnotiza a la vez que resguarda; las mil sombras, proyectadas contra la pared por su bellísima luz naranja, llaman poderosamente al olvido de nuestros males y penurias; nos conectan duraderamente con un estado de contemplación y quietud espiritual.
La cuestión viene a ser, en realidad, que al momento de pensar en la ambientación de un determinado espacio, siempre existirá gente que (aunque a muchos teóricos vanguardistas no les guste) prefiera ceder un poco de funcionalidad en pos de belleza arcaica. Nadie podrá negar que una buena instalación de calefacción central siempre significará una ventaja funcional en la competencia con una calefacción local y a llama viva; pero nunca será menos cierto que la chimenea constituye una opción mucho más romántica y pintoresca. Y por mucho que a ciertas personas no les guste, el romanticismo y la belleza por sí misma han sido desde siempre -y seguirán siendo aún- el gran motor de una infinita cantidad de realizaciones humanas.
Desde una perspectiva técnica, podemos esgrimir, incluso, otro par de buenas razones en favor de la idea de tener una chimenea. Decimos con esto que no toda chimenea tiene que funcionar, obligatoriamente, a leña; existen, asimismo, bellísimas chimeneas de exclusivo funcionamiento a gas. A la vez que guardan la estética de una chimenea convencional (muestran replicas de leños y todo), esquivan la gran mayoría de los problemas de funcionalidad que hemos mencionado más arriba. Son de combustión inmediata y no es necesario pasarse varios minutos (o incluso horas, si es que la madera está húmeda) frente al hogar en el intento desesperado de hacer brillar el fuego; son mucho más pulcras, en el sentido de nunca llegar a ensuciar los ambientes con hollín; y, por último, pueden dejarse encendidas toda la noche (cosa que nunca debe hacerse con una chimenea de combustión a leña).
¡Pocas cosas tan bellas como la posibilidad de disfrutar una rica bebida a la vera del fuego!, dejándonos bañar, relajadamente, por la protectora caricia de su anaranjado calor. Puede que las tecnologías presentes representen un avance preferible al momento de pensar en funcionalidad y confort; pero cuando de chimeneas se trate, no serán pocos los que decidan pasar esas dos virtudes a segundo plano, para luego venir a calentar sus manos sobre el añejo crepitar de un elemento que será, siempre, mucho más pretérito que el mundo.
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